Transporte: un viaje al fondo del caos

Mar, 02/07/2017 - 11:50 -- paolagomez
Jorge Turpo Rivas

Mientras el municipio no implementa el SIT ni ordena el tránsito, centenares de minicombis invaden la ciudad para hacer servicio público sin permiso. «Dios es su copiloto».

 
Carlos Peña consigue que diez pasajeros se instalen en el vientre metálico de su combi y aprieta el acelerador a fondo. Conduce y cobra. Antes cargaba ladrillos en Yarabamba, ahora maneja su propio negocio rodante desde el Cono Norte. No contrata un cobrador porque le restaría un asiento y ganaría menos pagando un sueldo. Va solo como un taxista. Dueño y jefe de sí mismo.
Hasta hace año y medio solo era dueño de su fuerza. Trabajaba de obrero en una ladrillería. Cargaba y descargaba millares por toda la ciudad. En su minicombi hay algo que parece un ladrillo. Es una Biblia de tapa roja. «La leo cuando estoy en el paradero esperando pasajeros», dice. Los domingos, único día de la semana que descansa, va a misa a una iglesia Católica con su esposa y dos hijos.
Los ladrillos marcaron sus músculos y le dejaron callos en las manos. Peña tiene veintiocho años y un negocio propio al que no le ve futuro. Le faltan seis cuotas para terminar de pagar su minicombi.
Cuando vio que el Cono Norte empezó a llenarse de minicombis, pensó que el negocio era rentable. «Manejando me canso más y gano menos que cuando boleaba ladrillos», dice Peña con la seriedad de un emprendedor que se equivocó de negocio. «Hay que soportar el tráfico, los ruidos, el humo y a la gente que te quiere pagar lo que le da la gana, te pide que corras y encima te grita». Se queja.
Como católico practicante, Peña no miente. Sus números son claros. Trabaja entre catorce y dieciséis horas diarias para ganar unos ciento setenta soles. Gasta setenta en combustible y guarda cincuenta para la cuota y mantenimiento de la unidad. Su utilidad son cincuenta soles. «Un obrero gana más». Compara. No se gana y tampoco se goza. Peña quiere terminar de pagar los diez mil dólares que le costó su minicombi de fabricación china para venderla o alquilarla. Tiene licencia para conducir camiones. Trabajo no le faltará.
 
RÁPIDOS Y FALTOSOS
Hace cuatro años el Cono Norte empezó a ser invadido por pequeñas combis que más que unidades de transporte público parecían taxis agrandados. Primero se formó la empresa Sport. Les sonrió el éxito. Sumaron más de cincuenta unidades y empezaron a cobrar hasta tres mil soles a los nuevos socios. Eso quebró la unidad. Un grupo se alejó y formó la empresa Los Reyes. Pasaron los mismos problemas y otro grupo formó la empresa Llari. Ahora son más de cien minicombis que cubren la ruta Cono Norte – Avelino Cáceres. Ninguno tiene permiso. Son ilegales.
Sus vehículos no cumplen las normas para prestar servicio público. La Gerencia de Transportes de la comuna provincial lo sabe, pero no hacen nada para poner orden. Su incapacidad se refleja en cada calle, en cada avenida, en todo el caos del transporte. La Policía de Tránsito solo controla que los conductores de estas unidades tengan licencia, SOAT y no cometan infracciones.
El municipio monta operativos con sus inspectores de tránsito pero el problema ya los superó hace tiempo. Y no solo ocurre en el Cono Norte. Las minicombis también prestan servicio a zonas como Congata. Tienen su paradero en la Av. Salaverry. Alfredo Zegarra, alcalde provincial, prometió, desde su primera gestión, sacar adelante el Sistema Integrado de Transporte (SIT) y ofrecer un servicio seguro, ordenado, rápido y digno a la ciudad. Han pasado seis años y el transporte está peor de que como lo encontró Zegarra. Las minicombis no solo han aumentado el caos, sino también el peligro en las calles.
En el último mes dos accidentes de estas unidades han dejado más de una decena de heridos. Pero en el Cono Norte y Congata son como un mal necesario. Atienden una necesidad real de transporte de las personas. «Viajo cómodo y rápido en estas combis», dice Arturo Quispe, sentado en una minicombi rumbo a la Av. Avelino Cáceres. «¿No le preocupa su seguridad?». Le pregunto. «A quien le toca le toca. Yo voy con fe nomás». Responde. La ruta de las minicombis del Cono Norte empieza en el kilómetro 16 de la carretera a Yura. Bajan hasta el mercado de Río Seco y por la Vía de Evitamiento llegan hasta la Variante de Uchumayo, ingresan al Parque Industrial y terminan en Avelino Cáceres. De ahí emprenden el regreso por el mismo recorrido. Por las obras en la variante han desviado su ruta por Sachacha, Tingo y la Av. Alfonso Ugarte.
 
COMPETENCIA
Carlos Peña sale a trabajar a las cinco de la mañana. Otros lo hacen desde las tres para llevar a los comerciantes de la Av. Avelino Cáceres que viven en el Cono Norte. Cada cinco minutos, o menos según la cantidad de pasajeros, parte una minicombi. En la Vía de Evitamiento alcanzan ochenta y hasta cien kilómetros por hora. El monopolio del transporte público en el Cono Norte lo tenía la empresa Los Ángeles con unidades de más de veinte pasajeros.
«Ellos han perdido gente por abusivos. No recogían a las señoras con bultos, ni a los escolares. La gente se ha sentido maltratada y por eso nos prefiere ahora», dice Peña. Las cúster de Los Ángeles ya no van tan llenas como antes a pesar que cobran un sol el pasaje hasta la Av. Cáceres. Las minicombis cobran dos soles cincuenta. La gente regatea, pero no pagan menos de dos soles si van de extremo a extremo. En tramos más cortos, el pasaje cuesta un sol. Los conductores de las minicombis aprendieron rápido la maña de las cúster: Viven una eterna competencia por pasajeros y contra el tiempo. Peña ya quiere jubilarse de este trabajo. «Aquí ganan los que tienen tres o más unidades para alquilar, a nosotros no nos alcanza ni para vestirnos bien». Dice mirando su polo desteñido. El transporte urbano es una carrera donde gana el que más tiene. El resto solo sobrevive.
 
 
 
 
 
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